Luego de que el gobierno emitiera la ley que busca proteger el empleo a través de la suspensión de la relación laboral por tres meses, hemos visto cómo las empresas y organizaciones ha adoptado diferentes estrategias para cuidar el empleo de sus trabajadores y buscar formas de mantener flujos de caja que les permitan su continuidad.

La complejidad del momento económico y los efectos de la pandemia han hecho que empresas de diferentes tamaños se hayan acogido a esta norma, lo que podría afectar potencialmente los empleos de aproximadamente 700 mil chilenos y chilenas. Una forma de verlo es que se protege su empleo, ayudando a su empleador, y otra que, si bien esto ayuda, hay empresas que no han hecho todos los esfuerzos necesarios o, derechamente, se han aprovechado de esta figura.

Es importante destacar que aunque la gestión de una organización debe ser práctica -y por lo tanto enfocada en la eficiencia para lograr sus objetivos- en instancias de crisis como la que vivimos, la dimensión moral también debe incorporarse como parte de la gestión. No solo se trata de herramientas o recursos, sino también de personas que han colaborado para que la organización avance.

Si tomamos la comunicación de la dimensión moral, para que ella sea confiable debe incorporar los factores humanos y valóricos, que permitan darle sentido a las decisiones y a su difusión. Si bien se entiende que la falta de ingresos implica que habrá recortes de empleo, también es importante que la organización demuestre su compromiso y que ha hecho todo lo posible por proteger a sus colaboradores.

De otra forma, se genera una grave falta de confianza en las organizaciones, que se suma a la ya profunda crisis de percepción generada luego del estallido social.

Y eso es justamente lo que se ha producido luego de que se conociera la decisión de varias grandes empresas de acogerse a la ley de suspensión laboral, a pesar de que de todas formas repartieron utilidades a sus accionistas.

La falta de confianza tiene que ver con expectativas incumplidas de que una organización actúe bajo ciertos parámetros valóricos y de gestión. Una organización es un sistema y, por lo mismo, si solo afecta a una de sus partes actúa mal en términos de gestión y en términos valóricos. Afectar solo a los trabajadores y no a los accionistas disminuye la confianza en la organización por su incapacidad de ser equitativa internamente y de valorar a todos sus colaboradores.

Pero también afecta la credibilidad general sobre el sistema económico y político, porque se refuerza la percepción de que ambos son completamente asimétricos en términos de poder y de moral, sin posibilidad de que exista protección para las personas.